Metáfora sobre cómo educar a los adolescentes

¿Cómo podemos ayudar a los adolescentes a que crezcan siendo responsables, capaces y confiando en sí mismos?

En el artículo Niños sobreprotegidos, jóvenes incapaces os hablo sobre el modelo de familia más común en nuestros días: la familia hiperprotectora, y las consecuencias que trae consigo para los niños y adolescentes de dichas familias, a medida de crecen.

Ayudar a nuestros hijos hasta el punto de hacer las cosas en su lugar por considerarlos frágiles, lejos de ayudar, los vuelve precisamente así: frágiles. A pesar de que todo empieza con las mejores intenciones y con un claro mensaje de amor, el mensaje que va penetrando en esos niños es en realidad: “Lo hago todo por ti porque temo que tú solo no lo consigas y no quiero que sufras”. El exceso de protección hace que esos niños se conviertan en adolescentes inseguros, porque la confianza en las propias capacidades y recursos solo se conquista a través de la experiencia concreta de la superación de obstáculos y dificultades.

A continuación expongo una metáfora que nos ayuda a entender cómo podemos relacionarnos con los adolescentes para hacer justo lo contrario: estimularles, ayudarles a crecer para que sean autónomos, responsables y capaces.

Érase una vez un joven campesino chino que quería aprender artes marciales a toda costa. No podía permitirse los maestros de las grandes ciudades ni el acceso a una escuela pública, que estaban reservadas a las familias aristocráticas, pero se enteró de que un gran maestro se había retirado en unos bosques, en las montañas. El joven decidió encontrarlo y proponerse como alumno suyo: sin embargo, el maestro sólo estaba dispuesto a enseñar a poquísimos alumnos, con la condición de que le gustaran. Así que partió una buena mañana y después de seis horas de camino a través de bosques tupidos logró llegar al lugar donde el maestro se había retirado. Era un lugar bellísimo, donde discurría un arroyo que formaba una cascada y el aire estaba dulcemente perfumado. Llegado al lugar se dio cuenta de que el maestro dormía plácidamente en la orilla del arroyo. Se sentó y esperó con paciencia. Después de casi tres horas el maestro se despertó. Se desperezó, escuchó la petición del joven y le respondió: «Puede ser, pero ahora estoy demasiado cansado y tengo que dormir. Vuelve mañana».

El joven regresó contento e irritado al mismo tiempo, la rabia aceleró su paso y así regresó en menos de cinco horas. En casa le esperaba el trabajo en el campo que había abandonado para poder ir a ver al maestro. Así que se fue a dormir muy tarde. Al día siguiente pensó que, ya que el día anterior se había equivocado de horario para encontrar al maestro, tenía que organizarse de manera diferente. Por tanto, se fue a una hora distinta, pero más tarde porque había tenido que trabajar en el campo, lo que le obligó a caminar más deprisa para llegar a tiempo respecto a sus previsiones. Así que atravesó el bosque, saltó las zanjas, se llenó de arañazos en medio de las zarzas, pero logró llegar en el tiempo previsto. El maestro estaba durmiendo. Después de esperar casi una hora el maestro se despertó, se desperezó lentamente y mirándole fijamente a los ojos, le dijo: «Aún tengo que descansar, así que vuelve mañana».

El joven estaba enfadado de verdad: regresó casi corriendo, saltando las zanjas, esquivando las zarzas, de modo que logró regresar a su casa en menos de cuatro horas. Al llegar hizo todos los trabajos que no había podido hacer por la mañana, pero pensó que, para encontrar al maestro despierto, tendría que llegar aún antes. Así al día siguiente se despertó antes del alba, y a la carrera, porque tenía que regresar pronto a su casa para hacer unos encargos, consiguió llegar al maestro apenas había amanecido, pero éste dormía. Después de casi media hora el maestro se despertó y desperezándose le dijo: «Perdóname, pero tengo que dormir. Tendrás que volver mañana». El joven, furioso, regresó corriendo aún a más velocidad, esquivando las zarzas, saltando las zanjas, casi como una gacela. Llegó a su casa en poco más de tres horas. Después hizo todas sus tareas en el campo y en su casa.

Todo esto se repitió durante más de seis meses: cada día el joven intentaba llegar en el momento en que se despertaba el maestro, pero este siempre dormía; y cada vez le pedía que volviera al día siguiente. El joven conocía tan bien el recorrido que, corriendo y saltando entre las zanjas, esquivando las zarzas, conseguía llegar hasta el maestro en poco más de una hora. Y en efecto, durante aquellos meses, había sido capaz de ir hasta el maestro, de hacer su trabajo en el campo y de ocuparse de sus ancianos padres. Un día llegó hasta el maestro y, sorprendentemente, lo encontró despierto, sentado y esperándole. El maestro, con una dulce sonrisa, le dijo: «Ahora podemos empezar a trabajar juntos, porque tú ya has aprendido más de la mitad de todo lo que tengo que enseñarte».

Esto es justo lo que debemos hacer con los jóvenes: retarles y empujarles a que se superen. No tan solo no sustituirlos, sino hacer que se merezcan aquello que quieren, a través de esfuerzos concretos. Lo que se alcanza con facilidad no parece importante, lo que se conquista adquiere valor.

“Nada tiene valor si no se ha conquistado”

Pero sobre todo, debemos enseñarles a confiar en sus propias capacidades, y eso no es posible si no lo descubren y comprueban ellos mismos.

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